Cumplir veinticinco años de casados es una de esas cifras que te hace mirar atrás, sonreír y, por supuesto, buscar una excusa perfecta para pegarse un homenaje de los buenos. Un cuarto de siglo compartiendo vida no se celebra todos los días. Así que, gracias a un regalazo espectacular de nuestros amigos de Madrid, terminamos sentados a la mesa de RavioXO, el templo del dumpling y la creatividad de Dabiz Muñoz. Y la verdad es que la experiencia no pudo ser más increíble.
Desde el momento en que entras por la puerta, te das cuenta de que el concepto rompe con el formato clásico de restaurante de alta cocina. El ambiente es vibrante, dinámico y con una personalidad arrolladora. Para empezar a entonar la comida, decidimos descorchar un vino cuyo nombre ya nos avisaba de lo que se nos venía encima: "La nave de los locos". Un nombre perfecto para el viaje gastronómico que estábamos a punto de arrancar.
A partir de ahí, el menú fue un auténtico no parar de sorpresas, texturas y contrastes de esos que te hacen poner los ojos en blanco. El concepto gira en torno a la cultura del dumpling, pero llevado a un terreno totalmente libre, donde se mezclan descaradamente los sabores de Madrid con la esencia de Hong Kong. Disfrutamos de bocados brutales como la dona china frita, unos fideos taglioni con caviar que eran pura intensidad, y un bao de boloñesa coreana que estaba sencillamente espectacular.
Lo más divertido de RavioXO es que cada plato es un juego visual y un reto para el paladar. Hubo espacio para combinaciones tan rompedoras como los huevos fritos con morcilla y oreja, o platos con muchísima personalidad como el rape al aliento de wok y su particular versión del cocido madrileño. Nada es lo que parece y todo está pensado para que te diviertas comiendo.
El broche de oro, como no podía ser de otra manera, llegó con la parte dulce. El eclair de los bosques nos encantó, pero el momento cumbre fue ver llegar el pastel fluido de chocolate blanco y yemas. Romperlo en el plato y ver cómo se desborda todo el relleno cremoso es un espectáculo que casi da pena comérselo, aunque el sabor te hace olvidar la pena en el primer segundo.
Terminamos la celebración haciendo el clásico e imprescindible postureo en el icónico sofá rosa del restaurante para inmortalizar el día. Salimos felices, agradecidos a nuestros amigos por este pedazo de regalo y con el estómago lleno de recuerdos imborrables. Si buscáis un sitio diferente, rompedor y perfecto para una ocasión que merezca recordarse, esta esquina gastronómica de Madrid en uno de los grandes almacenes más icónicos de España, es un acierto seguro.
¡Por otros veinticinco años más igual de buenos!
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