Todo comenzó como un regalo de Reyes en las Navidades de 2024. Paloma me entregó unas entradas para ver a Dani Martín el 9 de mayo de 2026. Por aquel entonces, un año y medio de espera parecía una eternidad. Sabe Dios quién viviría para entonces, pensé, pero el calendario siguió su curso y el fin de semana marcado en rojo finalmente llegó, porque todo llega.
Llevaba dos semanas en bucle, con las listas de reproducción de Spotify preparadas por los fans para esta gira de "25 putos años". El viaje desde Madrid comenzó con nosotros dos cantando a pleno pulmón, repasando cada letra de El Canto del Loco y de la carrera en solitario de Dani. Al entrar en la Comunidad Valenciana, la A3 nos recibió con una tormenta feroz. La tromba de agua era tal que apenas veía el morro del coche, obligándome a reducir la velocidad drásticamente. Pero lejos de amilanarnos, la lluvia intensificó la emoción. Entre canción y canción, caímos en la cuenta de algo mágico: mientras Dani celebraba 25 años en la música, nosotros celebrábamos nuestros 25 años de casados. Lástima haber olvidado la bandera gigante de nuestras celebraciones, pero la conexión ya estaba hecha.



La tarde nos llevó a un lugar que nos pellizcó el alma: el centro comercial El Saler. Hacía 17 años que pasábamos allí las horas muertas, esperando noticias de nuestra Julia, que nació prematura y pasó su primer mes de vida en Valencia. Volver allí, recordar la incertidumbre y ver el camino recorrido como familia, nos emocionó profundamente. Las situaciones difíciles nos han unido tanto o más que las diversiones.
El concierto en el Roig Arena fue pura energía. Buscamos nuestro espacio en la pista, lejos de agobios, y nos dejamos la voz. Ver a Fernando Tejero salir a cantar "Puede Ser" fue un puntazo, pero el momento cumbre, el que nos hizo mirarnos y saber que hablábamos de nosotros, fue "La Suerte de Mi Vida". Salimos vibrando directos a nuestro apartamento de Gandía, ese refugio que nos acompaña desde que Diego tenía tres añitos.
El domingo fue el broche de oro. Tras casi dos años de parón por lesión, retomé el trote por el paseo marítimo. Fueron 45 minutos hasta el faro, llenos de satisfacción y alegría, sintiendo que recuperaba una parte de mí junto a la mejor compañía posible. Tras un almuerzo valenciano y la maleta hecha, pusimos rumbo a Madrid. A falta de 168 km, un antojo de queso manchego nos hizo parar en el Restaurante Moya. Compramos un par de cuñas y devoramos un bocata que sabía a gloria, cerrando así un viaje donde la música, la superación y, sobre todo, nuestros 25 años juntos, fueron los verdaderos protagonistas.

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